
¿Cuándo fue la última vez que te sentiste vivo? Dillom convierte esa pregunta en el punto de partida de su nuevo disco: LA NUEVA VIOLENCIA. Su tercer disco lo encuentra abrazando el vértigo de una época atravesada por el deseo, la sobreestimulación y la necesidad constante de entretenimiento.
En lugar de cuestionar ese mundo, se entrega al exceso para convertirlo en combustible creativo. El resultado es su versión más salvaje, divertida y ruidosa hasta la fecha: una invitación a vivir, sentir y atravesarlo todo en carne propia.
Acabado durante dos semanas en una casa de 1860 convertida en estudio, LNV nació de una experiencia de convivencia total entre músicos, productores, amigos y colaboradores. Dillom, Bernardo Ferrón, Coghlan, Fermín Ugarte, Franco Dolzani y Samuel Shea conformaron el núcleo creativo responsable de la composición y producción del álbum, apostando por una grabación basada en equipamiento analógico, procesos de grabación poco convencionales y una producción obsesionada con capturar la intensidad antes que la prolijidad. La propia casa terminó convirtiéndose en un instrumento, capturando ecos, resonancias y sonidos incidentales que pasaron a formar parte del álbum. El proceso quedó registrado por un circuito cerrado de cámaras de seguridad, proceso que terminó moldeando el espíritu de la obra: un álbum construido desde lo vivido antes que desde lo conceptual.
LNV recupera la tradición de los discos hechos para sonar fuerte. Guitarras llevadas al límite, bajos empachados de distorsión, capas de ruido, grabaciones incidentales y una producción que hace de la saturación un lenguaje. Entre esa masa viva y salvaje, Dillom cambia de piel con cada canción: se burla, denuncia, seduce, desafía, llevando su interpretación del grito al susurro, de la furia a algunas de las melodías más emotivas de su carrera. El resultado es un álbum que dialoga con el post-punk, el rock and roll y la electrónica industrial sin pertenecer por completo a ninguno de esos mundos. Un disco que entiende el volumen, la urgencia y el ritmo no como recursos estéticos, sino como una forma de volver a sentirse vivo.

Las colaboraciones responden a esa misma lógica de exceso y libertad: encuentros improbables entre artistas de distintas escenas y generaciones que entran en el universo de LNV para sumar una nueva textura, una voz, una energía. St. Vincent, Sebastian Murphy (Viagra Boys) y Dickhead Mehrtens (Amyl and the Sniffers) conviven con Miranda! y Juana Aguirre, junto a un coro formado por Juana Rozas, Babeblade y Terra. Algunas colaboraciones permanecen deliberadamente invisibles: aparecen mezcladas entre las canciones, sin buscar protagonismo ni reconocimiento explícito. Ninguno de estos cruces tampoco es presentado como featuring en el tracklist, una toma de posición frente a una lógica de la industria donde las colaboraciones suelen funcionar como estrategia antes que como fruto de una complicidad artística auténtica.
La portada nace del diálogo entre Dillom y Andrés Capasso, su principal colaborador visual desde los comienzos, en un proceso creativo donde concepto e imagen fueron desarrollándose en paralelo. La escena fue construida a partir de una maqueta hecha a mano: una casa de juguetes donde conviven el deseo, el exceso y las contradicciones de una época llevados al terreno del juego infantil. Entre la saturación y el entretenimiento, la imagen condensa el espíritu de LNV: un disco que observa el caos desde adentro mientras intenta entender qué significa habitarlo.
Cada canción de LNV funciona como una habitación distinta dentro de una misma fiesta que nunca termina. En “La Nueva Violencia”, Dillom presenta las reglas de un mundo donde todo circula: el deseo, la atención, el dinero y la identidad. “Vedette” y “Superdiversión” llevan esa lógica al extremo, con el espectáculo y la búsqueda constante de estímulo como formas de supervivencia; mientras que “Papá se volvió loco”, “Minas” y “Fashion” convierten el consumo, el cuerpo y la apariencia en una gran puesta en escena atravesada por el humor y la exageración. En esta última, el disco dialoga con una tradición del rock argentino que hizo de la ironía, el glamour y la teatralidad una forma de lenguaje, junto a una de esas voces escondidas que el disco decide no revelar del todo.
Detrás del ruido aparecen grietas: “Souvenir” y “Maniquí” revelan el costado más frágil de ese universo, la dificultad de amar, sostener una identidad o escapar de la mirada ajena. Hacia el final, LNV encuentra una pequeña anomalía dentro de ese sistema: “Amigos”, un vínculo que no responde a la lógica del intercambio, una forma de permanecer cuando finalmente baja el telón.
Más que hacer un comentario sobre la época, LA NUEVA VIOLENCIA decide atravesarla desde adentro. No toma distancia ni busca explicarla: la exagera, la mastica y la devuelve deformada. Entre el humor y la violencia, el deseo y el ruido, entre la euforia y el vacío, aparece aquello que Dillom parece estar buscando a lo largo de todo el álbum: una experiencia que todavía pueda sentirse real.
DESEO. RUIDO. EUFORIA. VACÍO.
Antes de que pudiera escucharse, LA NUEVA VIOLENCIA empezó como una experiencia. Todo comenzó con la transmisión ininterrumpida del circuito cerrado de cámaras de la casa donde fue grabado el álbum y, poco a poco, se expandió hacia el espacio público.
En las semanas previas al lanzamiento, corpóreos, stencils y proyecciones sobre edificios comenzaron a aparecer en distintos puntos de Buenos Aires, trasladando el universo del disco a la ciudad. En lugar de revelar toda la información de una vez, LNV invitó al público a descubrir las distintas piezas del rompecabezas en tiempo real.

