
Con el Nuevas Mutaciones Tour 2026 y una banda de diez músicos, el aragonés presentó “De un siglo anterior” y repasó más de treinta años de canciones ante un público que no logró quedarse sentado.
A Bunbury le gusta no tocar sus canciones siempre igual, y esta gira lo lleva al extremo: el nombre, Nuevas Mutaciones, funciona casi como un manual de instrucciones. A poco más de un año de su show en Ferro, volvió a Buenos Aires con un disco nuevo bajo el brazo, “De un siglo anterior”, grabado en el Desierto de los Leones, en México. Pero lo que en los papeles era una presentación terminó siendo una revisión de todo su catálogo solista, con paradas obligadas en Héroes del Silencio.

El Movistar Arena estaba armado con sillas, y eso duró poco. “Creer que se puede creer” abrió la noche, y atrás vinieron “Un brindis al sol”, “Te puedes a todo acostumbrar” y “Las chingadas ganas de llorar”. Para “Infinito” ya había gente de pie en todas las plateas. Ahí convivían los que lo siguen desde los noventa con sus hijos y, en algunos casos, con sus nietos. Había familias enteras con la misma remera de la gira, como un uniforme que pasa de generación en generación.
“Cualquiera en su sano juicio”, “El precio que hay que pagar”, “La actitud correcta” e “Invulnerables” sonaron firmes, con una banda que se luce sin tapar la voz. Y entonces llegó “La sirena varada”, el primer tema de Héroes de la noche y el momento más emotivo del show. Bunbury dejó que el público la cantara y se quedó en silencio, escuchando, mirando las plateas con algo parecido a la admiración. Por un rato, el que estaba en el escenario fue el espectador.

En la segunda mitad pasaron “Alaska”, “La carta” y “Más alto que nosotros sólo el cielo”. El set principal cerró con “Maldito duende” y una versión enérgica de “El hombre delgado que no flaqueará jamás”, que en la voz de Bunbury suena bastante a autorretrato.
Para el bis volvió con “El rescate”, “Salvavidas” y “Lady Blue”, y se despidió con “La constante”. Agradeció una y otra vez, y se le notaba que quería una más, casi con pudor, como quien pide permiso para molestar con otro tema que se muere de ganas de tocar. Las canciones habían vuelto a mutar, las sillas habían quedado vacías y todavía sobraba energía para seguir. No hubo caso: las luces se encendieron y Bunbury se quedó con las ganas. Nosotros también.
Dicen que mutar es la forma que encuentra la vida para no extinguirse. Anoche, en el Movistar Arena, las canciones de Bunbury cambiaron de piel una vez más, y siguieron más vivas que nunca.


